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“Ahora mismo yo podría disparar una bala en este poema”— J. A. Castelar, poeta hondureño.
En fechas de antihomenajes y homenajes en Honduras, le hicieron un merecido tributo al poeta José Adán Castelar, allí no hubo medallas de oro ni de plata ni de lata pero sí el cariño de la gente, de la juventud, el amor del pueblo. Ese es mejor galardón que cualquiera de aquellos que se autoproclaman héroes e inmortales. Hugo Xaul Salinas, parte de los coordinadores de este evento, me invitó a que (d)escribiera sobre el poeta José Adán Castelar.
Allí Pavel Núñez, ese gran músico de Café Guancasco, leyó mi nota, y andaban las chicas y el chico del programa que cada día se roba más corazones de la audiencia nacional e internacional, tanto por su diversidad como originalidad, me refiero a En la Plaza, que se transmite, de ocho a nueve de la mañana, a través de la mundialmente difundida Radio Globo y sus bienhechores periodistas Merlyn Aplícano, Gilda Silvestrucci y el caballero andante (no mutante) Kenny Castillo. Precisamente ellos me pidieron la lectura de este modesto pero sincero homenaje al poeta Castelar, y sin duda que no dije que no, pero antes debe de salir publicado en el diario de los hondureños/as, ¿cuál otro? Diario Tiempo. Y aquí les va el poeta Castelar al desnudo:
Había una vez un restaurante, a su propietario Enrico Paolo Tosso, se le
ocurrió esa gran idea de bautizarlo como Había una vez, no lo pensó dos veces. Y le quedó muy bien. Pero esta vez, hoy, a mí me invitaron, lástima que en esta ocasión sólo pueda viajar a través de la palabra. Y aquí estoy, pues ni cosa mejor ser invitado aunque sea a la distancia a un tributo al gran poeta José Adán Castelar. Esta vez sí que lamento no estar personalmente en Había una vez, no pierdo la esperanza de que haya otra vez en Había una vez la posibilidad de estar por vez primera en esas hermosas reuniones que sólo se logra con el arte, la cultura.
Después de siete meses verme hablando de poesía y de poetas es como si estuviera despertándome de golpe, de un golpe. Y en qué estado! Limitar, limitar el pensamiento no se puede, ni se debe. Y desde niños con mis hermanos admiramos al poeta José Adán Castelar. Vivíamos en Montecristo, rodeados de las plantaciones de piña de la Standar Fruit Company. Por eso el poeta Rigoberto Paredes, si me está Melendo por allí junto a Anarella, lo recordará con precisión, dijo sobre mí y mi novela Los barcos una frase célebre: “Roberto llegó a Tegucigalpa con una piña bajo el brazo”. De esto tendrán más detalles en el cuento que preparo: Las maldades de don Rigoberto.
Martha e Iván estaban muy pequeños, quizá por eso no lo recuerden bien. Ahora, José Adán, Carlos Eduardo y yo sí recordamos que desde entonces lo admirábamos, al ya para nosotros aunque estaba joven, viejo Castelar. Nuestra máxima admiración era a la hora de la comida, eran aquellos tiempos en que lo mejor era para el jefe de casa, el padre. Nos sentábamos en la mesa, y nuestra madre servía la comida, un pollo, para el caso, los muslos eran para el poeta, la parte recubierta del pecho eran para el poeta, y recuerdo como si hoy fuera aquellos tiempos, el poeta llamando a nuestra madre: “Marthaaa, se te olvidó traerme la piedra.” Esa es una parte rara del pollo, pero al poeta le encantaba. No sé si todavía le gusta, esto podrá decirlo Gladys, mi madrastra de crianza.
Allá, a solas, reunidos los tres hermanos, José Adán decía: “Cuando esté grande le voy a decir a mi mujer que haga dos pollos, uno para ella y los hijos y otro para mí”. Carlos Eduardo aseguraba que no se iba a casar, que prefería ser cocinero, terminó siendo abogado. Yo sí juraba seguir los pasos del poeta: sentado esperando a que mi mujer me sirviera lo mejor del menú, exigiendo la piedra. Pero el mundo cambia y ahora muchas veces es la mujer que espera en la mesa a que el hombre le sirva. Sin duda, me di con la piedra en los dientes.
Perdóneme poeta Castelar, pero se llega a una edad en la que la verdad tiene que decirse. Estaba muchacho, yo era flaquito como el que está leyendo esto, Pavel Núñez (con quien tengo pendiente encontrarme un día en El Club de los idiotas), sí, aunque no lo crean así era de flaquito. Eso sí, más alto y guapo. A don Adán le gustaba la cacería sin fusil, y mi madre lo avanzó in fraganti más de una vez con las manos en masa ‘glutásea’ de más de alguna vecina. Al enterarme de esos encuentros don Adán influyó tremendamente sobre mí, yo también quería ser cazador, digo, escritor.
El poeta Castelar pedía perdón una y otra vez hasta que un día mi madre ya no pudo con tan poético semental, y lo mandó con la poesía a otra parte. Allá llegaba a vernos, a La Ceiba, a escondidas. Pero creo que nunca ha perdido esa condición de felino casi depredador, entre vernos a nosotros, los hijos, primero a tres cuadras, después a dos, a una, se acercaba a la presa. Y una madrugada lo vi salir antes que amaneciera del dormitorio de mamá. Ella no quería perder la autoridad delante de sus hijos. Ay qué don Adán! Me lo imagino riendo a mandíbula caliente mientras esto escucha. Lee con pausa Pavel, no vaya a ser que se atragante, así le pasa a uno cuando tiempo después le cuentan la
verdadera vida de uno mismo.
Todas esas cosas, todos los hijos e hijas de don Adán, siempre las hemos pasado por alto. Tanto los hijos con mi madre como los que llegamos con ella (los hijos de Chandito, Lisandro Quesada) nos hacemos los que desconocemos las historias prohibidas de Castelar. Ana, nuestra hermana mayor --por cierto, tuvo la mala suerte de que su hija Idalmi diera a luz durante el golpe y por eso ahora a ella se le conoce como La abuela de los camisetas blancas-- cada vez que quiere ver al poeta Castelar le ofrece tortillas de harina o espaguetis. Norma avisa que habrá pollo. Martha anuncia una sorpresa culinaria. Anarella con un ‘véngase a mediodía, poeta, que tenemos un especial de la casa’. Todas ellas tienen una competidora natural, Gladys, esposa de crianza del poeta, quien, cuando él anuncia esa salida, ella dice voy a hacer mondongo o algo por el estilo. El poeta duda, pero sabe que ella es de casa y las otras invitaciones son circunstanciales. No hay quien lo detenga. Y les aseguro que a ninguna de estas mujeres les falla, siempre llega. Culpa de mi madre por eso de servirle a la mesa los muslos y otros delirios de la cocina casera.
Nuestro hermano menor, me cuentan, quiere sacarle el jugo a esta bendita corriente literaria de la familia, por eso Hugo Xaul es responsable, en parte, de este merecido homenaje al gran poeta José Adán Castelar. Hoy no quise hablar de su poesía porque no me compete a mí, somos familia y lo queremos, por tanto, antes de que escriba cualquier cosa ya está aprobada: eso sería trampa. Y no es bueno que la poesía se involucre en esas cosas en el país más “tramparente” del mundo.
Poeta, estoy contento de estar aquí, aunque sea en palabra. En este momento se me vienen tantas anécdotas hermosas, como cuando lo invité a aquel restaurante chino y a mí me dieron tenedor y a usted le dieron palillos y se le salieron ese montón de malas palabras contra los chinos por andarlo confundiendo con ellos… Sí, me río gran poeta José Adán Castelar, pero también comienzo a ver borrosa la pantalla de esta computadora y no es por la nieve ni la lluvia, no, estoy dentro de casa, con el otro Robertito andando por allí, Lucy alucinando en algún lugar de la casa… Y cada vez veo menos, más borrosa la pantalla, tal como la garganta de Pavel se congestiona cuando la poesía la invade, no es nada, es sólo otra manifestación del amor. Besos.
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